Editorial Junio-Julio 2011
Estos son tiempos raros. Ya nos hemos hecho a la idea de que la crisis es brutal y que no se va a salir de ella como por arte de magia. Pero no se sabe muy bien porque se entró en ella, y desde luego, mucho menos cómo se va a salir. Ahora los banqueros y el gobierno y los sindicatos mayoritarios se culpan entre sí. Unos señalan que la responsabilidad es de los banqueros por haber prestado demasiado dinero al mundo inmobiliario; como si los responsables económicos del gobierno no hubieran lanzado mensajes favorecedores de la desmesura que supuso la burbuja inmobiliaria. “No hay burbuja, hay compradores, es el “mercado” que lo admite”. Solbes-Rato, dixit. (La increíble pareja, qué cuantos más errores de bulto cometen más solicitados están). Y los banqueros echan la culpa a la falta de una reforma laboral en condiciones. Como si ellos no hubieran tenido nada que ver con semejante desmesura. ¿Y los sindicatos? Qué decir de ellos, que, con sus correspondientes contrapartidas, han sido arte y parte de este sistema desde hace de treinta años.
El problema principal radica en que ninguno tiene idea de cómo afrontar la situación, y lo peor es que además ninguno puede tenerla, son esclavos de ese pasado y ni tan siquiera pueden imaginar otro. Y sólo se plantean cómo debe ser el nuevo reparto en función de la nueva situación. Y la lucha y las responsabilidades que se achacan unos a otros en este desaguisado sólo tiene ese objeto: la nueva cuota que le toca a cada uno; y es que hay mucho menos a repartir. Y mientras el punto de vista continué estando en ella, sólo cabe pensar que cada vez habrá menos para todos, porque independientemente de que alguno, en esta disputa entre ellos, salga mejor parado; por ejemplo los bancos, siempre habrá una disminución y cada vez será mayor también para ellos, (como conjunto) pues el fondo no está en cómo se reparte lo viejo sino en cómo se logra lo nuevo, y si el punto de vista no cambia la disminución será constante.
Y por ahora, ese cambio en el punto de vista, no aparece por ningún lado. De ahí el fracaso de la reforma laboral del pasado año, y la de este año seguirá el mismo camino, es inevitable, son reformas hechas para las décadas pasadas. Y los hay que piensan que deberían haberse hecho antes, pero entonces el sistema creado en la transición no hubiera funcionado.
Y lo mismo sucede con la reforma financiera, alguien puede creer que las cajas, (de nuevo como conjunto) porque se unan o porque salgan a bolsa, van a aumentar sus ingresos, puede que limiten las perdidas, (algo siempre positivo) pero nunca crecerán los ingresos, eso es imposible, absolutamente imposible; éstos siempre tenderán a disminuir, ya que los ingresos de las cajas dependen de la riqueza creada por el trabajo, y esta tiene una tendencia lógica a la disminución mientras todas las reformas estén pensadas en cómo se reparte lo viejo, y no en cómo se crea el nuevo trabajo.
Y lo peor de todo es que eso continuará siendo imposible mientras no se incorporen nuevos agentes al sistema, capaces de representar lo nuevo, y al menos durante algún tiempo, y no precisamente corto, ni están ni se les espera. Ya que la economía del conocimiento que dio sus primeros pasos en los 90, ha salido muy maltrecha con la crisis, y no tiene quien le defienda, por lo que hay que pensar que todavía le queda mucho por recorrer antes de ser capaz de sustituir o al menos de competir con lo viejo.
Y mientras tanto ¿Qué hacer?

