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EDITORIAL

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NUEVOS INTERROGANTES.

En la anterior editorial, hablábamos de la necesidad de comprender qué significa realmente la economía del conocimiento, y su aplicación al turismo. En esta editorial nos gustaría continuar profundizando en este tema. Qué puertas se le abren al turismo con este tipo de economía.
Hay varios aspectos a tratar relacionados con esta cuestión. El primero, el carácter del turismo como parte de la economía del conocimiento. En la editorial anterior señalamos lo dicho por P. Romer respecto al tipo de economía actual, en la cual el conocimiento ha pasado a ser el elemento central de la misma, superior sin duda a los elementos que antes se consideraban como los bienes económicos prioritarios: materias primas, máquinas, fábricas, acero, etc.; él, Romer, señala, que la característica principal de este nuevo tipo de economía es la “toma de consciencia de su importancia” superior en relación con las variables anteriores.

También decíamos en esa misma editorial, que con ser esto cierto, no lo es menos, que esa toma de consciencia tiene mucho que ver con el hecho de que en los últimos cuarenta años ha aumentado de una forma considerable las posibilidades sociales y técnicas para el desarrollo masivo de la economía del conocimiento. Pues aún habiendo existido siempre este tipo de economía, aún siendo la base para cualquier desarrollo económico a lo largo de la historia, como muy bien muestra J. Jacobs, sin esos cambios técnicos (disminución del trabajo físico masivo, por innecesario) y sociales, (la revolución del 68, la caída del socialismo real, la extensión de la educación, etc.) nunca se hubiera dado la toma de consciencia respecto a su importancia e implicaciones económicas.

Es decir, la “toma de consciencia” sobre la importancia del conocimiento en la economía actual, se da porque existen unos condicionantes que lo posibilitan. Todo está imbricado, pero la importancia que tiene esa “toma de consciencia” es capital, es el gran cambio, por fin se sabe cuál debe ser el centro de las políticas económicas. Esto no significa que se abandonen el resto de variables, o incluso que se continúen aplicando políticas antiguas, pues no está nada claro cómo aplicar las nuevas, pero la “toma de consciencia” supone un primer paso decisivo.

Ahora bien, qué ocurre cuando centramos nuestra mirada en el turismo, porque no acaba de tomarse consciencia de la importancia que tiene el conocimiento, y se acaba siempre pensando que las variables económicas importantes en él, son hoteles, restaurantes, carreteras, aeropuertos, materias primas, (playas, monumentos, sol, ciudades, es decir, los recursos típicos del turismo…). ¿Por qué cuesta tanto tomar consciencia sobre el hecho de que es en el turismo donde el conocimiento-creatividad debe ser el centro en torno al cual deben girar todas las políticas económicas?.¿ Cuándo se dejará de pensar que es el precio, la calidad, la información, la velocidad u otros elementos lo que el viajero busca?.

Lo curioso del caso, es que el turista, incluidos los momentos más álgidos del turismo de masas, consciente o inconscientemente, siempre ha buscado la experiencia en el viaje. Para todo tipo de personas, el viaje siempre ha representado el deseo de una nueva experiencia, que se viera frustrado o no, no dependía tanto de la persona como de lo encontrado en el viaje. Pero hoy sí sabemos que es la experiencia lo que el turista busca, y como vamos a ver, esto tiene unas importantísimas implicaciones en la economía del conocimiento.

¿Por qué hemos tardado tantos años en aprehender que era esto lo que buscaban los turistas?. Primero, porque no lo buscábamos, y segundo, cuando lo encontrábamos, lo desdeñábamos, ya que no le encontrábamos ninguna utilidad. Pero la toma de consciencia de la importancia de la economía del conocimiento, y por tanto de los creadores de ese conocimiento, y del combustible que necesitan para producirlo, nos obliga a pensar en la experiencia humana, (y la experiencia turística es una experiencia humana) de una manera distinta, ya que se trata de un elemento determinante para el desarrollo del conocimiento y la creatividad.

De esta forma, la experiencia pasa a ser a la economía del conocimiento, lo que el carbón o el vapor fueron a las máquinas, o el petróleo o la electricidad para la economía industrial, alguno de sus combustibles básicos, sin ellas no existe un posible desarrollo del conocimiento humano. Esto no significa que sin el turismo no pueda haber economía del conocimiento, pues existen otras posibilidades y otros sectores económicos que lo posibilitan. Pero desde luego el turismo es uno de ellos, y si lo medimos por el número de turistas que hay en el presente, sin duda de los más importantes.

Desde esta óptica, el tratamiento que se le da al turismo, con políticas económicas centradas en variables que nada o muy poco tienen que ver con la obtención de su combustible principal, resultan ser un anacronismo, es como si en la era industrial se hubiera extraído el petróleo a pico y pala. Con toda seguridad no hubiera sido rentable.

Quedan muchos interrogantes relacionados con el turismo y la economía del conocimiento, el papel de la experiencia, y por qué se busca ésta, qué peculiaridades tiene; y por supuesto, aún quedan más en todo lo referente a las políticas económicas que se deben implementar una vez hemos tomado consciencia de su papel y de sus necesidades en el turismo.

Álvaro Zaratiegui. Director de ICN-Artea.