Fue uno de los ejes de la Salamanca cultural de 2002. La exposición de Ieronimus consistió en la apertura de una torre de la Catedral de Salamanca que hasta ahora había permanecido cerrada al público, donde lo característico fue que se prestó toda la atención a la propia torre, es decir, todas las formas de presentación se pusieron al servicio del edificio, cada madera escogida, los cristales, los audiovisuales, todo al servicio del embellecimiento de la torre.
Ieronimus, hijo del Plan de Excelencia Turística, de la Sociedad de Turismo y del Plan Director de la Catedral, resume una filosofía, un modo de entender el turismo y el patrimonio en nuestra ciudad.
Ieronimus es una lectura diferente del patrimonio, entendido como lenguaje simbólico ligado al corazón de la gente, capaz de relacionarnos con el pasado y de transmitir a la vez los nuevos discursos.
Ieronimus refleja el valor de la interpretación a la hora de construir productos turísticos. Así, la idea de las catedrales como “lugares de espiritualidad”, un concepto que facilita la identificación de todos.
Ieronimus es el consenso, político y técnico. Consenso que no es sólo el cariño y la voluntad de entendimiento, sino también la búsqueda de un espacio intelectual en el que todos –creyentes o no- nos sintamos cómodos.
Ieronimus es dinamismo. Nuevas propuestas cada año y un diseño pensado para cambiar poco y transformarlo todo.
Ieronimus es gestión. Un modo de intervenir y de buscar la sostenbilidad económica, la rentabilidad social y la reinversión.
Claves todas ellas –interpretación, consenso, gestión, dinamismo...- que conforman lo que denominamos la Ciudad Turística, el modelo de desarrollo que Salamanca ha puesto en marcha con éxito en estos años en el ámbito turístico y que hay que entender como una etapa estratégica necesaria para llevar a las ciudades a la sociedad del conocimiento.

